Thursday, April 20, 2006

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia

(por Juan Sánchez-Ventura)

Algunos suscriptores, asiduos cursillistas de La Pardina, me han pedido que hable sobre la virtud de la misericordia, conferencia dada en el pasado cursillo de junio, y que para facilitar su lectura la ponga por escrito, así todos podremos meditarla con mayor facilidad y mejor, amén de poder pedir del Señor en la oración que nos haga compasivos y misericordiosos con el prójimo.

En la 4? Bienaventuranza se dice: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, es decir, hambre y sed de Dios..." Bienaventurados los que tienen sed, es decir, ansia o deseos de agradar a Dios, "porque ellos serán hartos". En esta bienaventuranza se dice "Bienaventurados los misericordiosos....". Justicia y Misericordia son los dos atributos específicos de Dios, y con los cuales se nos recomienda que le imitemos.

Vean que en estos dos atributos hay cierto orden, no de preferencia pero sí de prelación. Primero ha de ser la justicia, después la misericordia. No se entiende bien que uno practique obras de misericordia cuando quebranta o está quebrantando sus estrictos deberes de justicia. ¡Cuántas personas practican y emprenden grandes obras apostólicas de misericordia y quebrantan al mismo tiempo sus obligaciones, sus deberes de estado con el cónyuge o con los hijos..etc..!

La misericordia ofrece dos aspectos: uno, interior; otro, exterior. Uno, que está encerrado en el corazón y forma parte de nuestra vida interior; y otro que se manifiesta con obras exteriores, como dar limosna, enseñar al que no sabe, consolar al triste, dar de comer al hambriento...etc..

El más importante es el aspecto interior. Vean que entre las pasiones que agitan nuestro corazón hay una que llamamos tristeza, y que, como todas las pasiones, puede llegar a ser pecado o virtud, según sea el motivo que la provoque. Si es bueno el motivo, será virtud; si es malo, será pecado. Si me entristezco del bien de los demás, cometeré pecado de envidia. Si me entristezco del mal que aqueja a mi prójimo (de su dolor, de su enfermedad, de su preocupación actual..etc..) ejercito la virtud de la misericordia.

Pues bien: la misericordia comienza cuando se transfunde en mi corazón la tristeza que hay en el corazón de mi prójimo. La transfusión es la característica príncipe de la misericordia. Santo Tomás de Aquino habla del consuelo que pueden aportar al corazón humano las lágrimas. Y dice que el dolor es como una carga que el corazón soporta. Y cuando alguien participa de nuestro llanto, la carga se reparte. Y de ahí nace el consuelo. Por consiguiente, sólo cuando ponemos el acento en ese aspecto interno de la misericordia, a saber, en esa transfusión de la que hablamos, es cuando realmente consolamos y hacemos bien a nuestros hermanos. Las obras por sí solas pueden ser falsas y hasta ineficaces.

Si no hubiera transfusión, ese hacer mío el dolor de mi prójimo, habría manifestación externa de misercirodia, pero no virtud interna. No sería calificado por Dios, Supremo Legislador y Juez, como misericordioso.

FUNDAMENTO

Hay razones o consideraciones de orden natural que justifican el porqué de la Misericordia, y razones de orden sobrenatural.

Entristecerme de los males del prójimo es algo connatural. Los hombres son algo nuestro. Yo no he nacido para vivir aislado, encerrado en mi egoísmo, prescindiendo de todos los demás corazones humanos. Yo soy por naturaleza sociable. El corazón humano es algo mío, y por tanto debe repercutir en mí sus penas y sus dolores, lo mismo que sus éxitos.

Pero si a estas razones de orden inferior, añadimos que todos los cristianos somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo; que Nuestro Señor ha asumido la naturaleza humana; que todos los hombres están llamados a ser ciudadanos del Cielo, destinados como yo a la Gloria; que todos han sido redimidos, comprados por Jesucristo a precio de sangre divina...., veremos que la solidaridad natural viene a convertirse en sobrenatural y divina.

Hay muchos que dicen que llorar no es bueno, que no debemos entristecernos por las cosas de este mundo, que debemos despojarnos de las criaturas y ser más fuertes en el terreno del espíritu; pero si miran con atención y detenimiento a Cristo, varón perfecto, le observarán llorar sobre Jerusalén, su patria; y sobre el sepulcro de su amigo Lázaro....Y observen que no se trata de una misericordia intelectual, sino de una misericordia visceral, que llega hasta las lágrimas, que son el lenguaje más elocuente y expresivo de la misericordia verdadera.

Santa Teresa de Jesús habla de la inquietud que tienen muchas almas, porque no saben si aman bastante a Dios Nuestro Señor. Y les dice que para salir de esa inquietud cuentan con un medio infalible: La misericordia. Que examinen si tienen caridad para con el prójimo, ya que la caridad (amor verdadero a Dios) cuando florece produce la misericordia. Amar al hermano, al que veo, es la prueba más palpable que tengo de que amo a Dios. Por que la caridad es sólo una. Y si hay caridad para con el prójimo, si tengo compasión activa y entrañas de misericordia hacia él, infaliblemente existe la caridad para con Dios, puesto que ambas son manifestaciones de una misma virtud.

Pero si no existe esta caridad para nuestros hermanos, aunque a veces tenga efusiones de sentimiento para con Dios, esas efusiones serán sospechosas. Tengo motivos para dudar de que mi amor a Dios sea verdadero.

FALSIFICACIONES DE LA VIRTUD

Contra la virtud de la misericordia se puede proceder de muy diversas maneras. Unas veces, abandonándola (despreciando la misericordia); y otras, falsificándola.

Las falsificaciones pueden reducirse a tres: 1† Falso espiritualismo; 2† Falso valor o fortaleza; 3† Ligereza de espíritu.

- ¿Qué entendemos por falso espiritualismo?

Hay personas que suelen mostrarse insensibles a las desgracias de los demás, apoyándose en el principio de que los verdaderamente espirituales no se afligen por las cosas de este mundo.

Por ejemplo, ven con ojos impasibles la muerte de quienes están unidos a ellos con los vínculos más estrechos, y excusan su frialdad invocando el desprendimiento de las criaturas.

¿Por qué llorar, dicen ellos, si esa persona está en el cielo?, ¿Por qué llorar, si allí se ha cumplido el querer de Dios?

No cabe la menor duda que la Fe profunda, así como la fortaleza espiritual del alma, son un gran consuelo y pueden contener santamente las lágrimas; pero, de ahí, a tratar de erigir en norma de vida espiritual esa insesibilidad, dista mucho. Sería poner tacha en Jesucristo cuando lloró la muerte de su amigo Lázaro.

Ese afán de desterrar de la vida espiritual las lágrimas (como si fueran un defecto) no procede del Espíritu de Dios, y ¡ojalá que no sea desamor disfrazado de sublimidades espirituales! Lo será en aquellos que no tienen lágrimas para los demás y las tienen y mucho para sus propias contrariedades.

San Pablo no dijo que no llorarán nunca, sino que no llorarán como los que no tienen esperanza. El apóstol de los gentiles criticaba las lágrimas de desesperación, no las lágrimas santas.

- Lo mismo que una falsa espiritualidad condena las lágrimas, las condena también la falsa fortaleza. Estos son aquellos que desprecian las lágrimas por infantiles.

Lo explicaremos mejor. Hay muchas maneras de compadecer a nuestro prójimo necesitado. Una es participando de su pena, respetándola. Y otra, que consiste en mirar la pena legítima y justificada de nuestros hermanos como debilidad pueril, quizás con cariñosa sonrisa, pero como se mirarían las lágrimas de un niño

Cierto que es debilidad caer en una tristeza estéril, y dejarse acorbardar por el dolor; pero también es cierto que no pueden eliminarse las lágrimas apelando a la fortaleza.

En este último caso se le compadece no por su dolor, sino por su debilidad. No por la pena que sufre, sino por su falta de fortaleza. Compadecer así, no es misericordia sino desprecio; desprecio disfrazado, pero desprecio. ¿Y eso, qué otra cosa es sino soberbia?

- Hay otra falsificación muy común, que consiste en la ligereza de espíritu. Hay almas que son como mariposas que revolotean entre las personas, y si encuentran una flor amarga, un alma que sufre, huyen o se posan sólo lo indispensable para quedar bien y huir de forma diplomática. Sin embargo, si encuentran algo agradable, una flor dulce, una vida de esas que llamamos amena y divertida, se posan y liban sin descanso.

Estas almas son muy opuestas a la virtud de la misericordia. Si encuentran a uno que sufre, puede ser que hagan una obra exterior de caridad o tengan un rasgo generoso, pero transitorio y fugaz; sin firmeza.

A veces hasta puede ser un modo de hipocresía. Hay que huir de ese dolor, pero ocultando que se huye. Y para ocultarlo se tiende el velo de una obra externa de misericordia.

Para mantener la misericordia en toda su pureza hay que evitar estas tres desviaciones que hemos enumerado, y poner el corazón, con todos sus tesoros de compasión y generosidad, en sentir y aliviar las penas de nuestros hermanos.

Si lo hacemos así, es imposible que la misericordia nos deje en la mediocridad espiritual. Por medio de ella se sube segura y rápidamente a las más sublimes alturas de la vida espiritual.

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